El poder real no se mide por los cargos que se ocupan ni por los títulos que se ostentan, sino por la capacidad de conmovernos y actuar frente a la realidad de quienes más lo necesitan.
Esa convicción estuvo presente en nuestra visita al Hogar Santa Marianita, un espacio que acoge a niños y niñas que, pese a circunstancias difíciles, mantienen viva su esperanza. Más que una institución, el hogar es un lugar donde la humanidad se manifiesta en cuidados, acompañamiento y protección.
Llegamos con kits y caramelos, pero también con escucha, cercanía y compromiso. Cada sonrisa, cada abrazo y cada gesto de gratitud nos recordó que el servicio público tiene sentido cuando se traduce en acciones concretas que mejoran vidas.
Estas visitas no son eventos aislados: son parte de una responsabilidad permanente de estar presentes en territorio, entender las necesidades reales y contribuir, desde nuestras posibilidades, a construir una sociedad más solidaria.
Salir del Hogar Santa Marianita deja una enseñanza clara: la verdadera fuerza está en servir con sensibilidad, coherencia y respeto por la dignidad humana.