Mientras la fuerza pública se despliega para reprimir al pueblo y los “convoyes humanitarios” se disfrazan de ayuda, el país sigue tiñéndose de sangre. Toda la fuerza se concentra en callar la protesta, mientras la violencia y la inseguridad siguen desbordadas.
Esta realidad evidencia una grave distorsión en las prioridades del Estado. En lugar de garantizar protección y paz para la ciudadanía, se dirige el poder hacia la confrontación con quienes exigen respuestas. La seguridad no se construye silenciando voces, sino enfrentando las causas profundas de la violencia con políticas efectivas, inversión social y un compromiso real con la vida y la dignidad de la población.