Portoviejo. Una intensa nube de polvo se ve al ingresar a la ciudad de Portoviejo, la capital de la provincia de Manabí, son los residuos que dejan los trabajos de demolición de los edificios que se vinieron abajo después del terremoto de 7.8 grados que azotó a Ecuador el pasado sábado.
Las historias de terror se cuentan por docenas, los habitantes de Portoviejo no pueden hablar sin llorar. Unos perdieron sus casas, otros a sus familiares y una buena parte a alguien que conocían. Es el caso de Alberto Bonilla, otavaleño, residente en Portoviejo. Hoy, junto a 35 de los miembros de su familia, se refugia en la iglesia Beato Pío IX, en la parte centro de Portoviejo, en donde están alrededor de 460 personas. “Lo perdí todo, mi casa, mis herramientas de trabajo. Fue como una película de horror”, dijo.
En una esquina, con el rostro desencajado mientras mira los trabajos de demolición de la que hasta el sábado fue su casa, está Jésica Argondoña. Ella hoy vive junto a su esposo e hijo en una camioneta doble cabina, que también sufrió daños. “Fue terrible, se escuchaba como bramaba la tierra. Todo se quedó en silencio por minutos, pero después empezaron los gritos de desesperación de la gente”, relata. Ella logró salir de la vivienda a tiempo, pero no sabe cómo empezar de nuevo, pues una imprenta que era su fuente de sustento y su casa se fueron con el terremoto.
Luego del primer impacto, la reacción fue inmediata en todo el país. 600 voluntarios de diversas ciudades del interior y 400 de diversos países llegaron hasta Manabí para ser parte de las labores de rescate y ayudar con la organización y entrega de donaciones. La Asamblea Nacional también envió un equipo de casi un centenar de brigadistas que se sumaron a las labores en Portoviejo, Jama y Pedernales.
Pero nada es suficiente, aún hacen falta manos. “En este tipo de situaciones jamás la ayuda basta. Los segundos cuentan, porque pueden hacer la diferencia entre la vida y la muerte”, dijo Ricardo de la Cruz Musalem, Director General de Protección Civil en México, quien trabaja junto a un nutrido equipo de expertos en rescate del país azteca. “Estamos a las órdenes del Gobierno de Ecuador y estaremos aquí hasta que nuestra presencia sea necesaria”, aseguró.
Según explicó el ministro de Defensa Nacional, Ricardo Patiño, no se moverán de Manabí hasta que la situación esté bajo control. “Lo que nos interesa es que la gente tenga agua, comida y seguridad”, dijo Patiño, a la vez que explicó que mantienen comunicación constante con las entidades encargadas de brindar estos tres servicios a los habitantes de las zonas afectadas por el sismo.
Por ahora el traslado vía terrestre es difícil hasta las zonas afectadas, pues varias carreteras están seriamente afectadas. El servicio eléctrico se restablece poco a poco y no hay servicio de Internet ni tampoco agua potable. Los negocios están cerrados por seguridad y las calles resguardadas por la Policía Nacional y militares. La maquinaria pesada no deja de remover escombros y por ahora en los sitios del desastre nadie duerme. “Solo queremos que todo esto termine, los manabitas son gente que no se deja y sé que vamos a salir de esto, solo debemos tener paciencia”, explicó Héctor Vélez, el párroco de la Iglesia Beato Pío IX, mientras toma su biblia con las dos manos en señal de fe.
MC/pv